Pasando la posta

Escrito por GenderIsNotSex 16-02-2017 en Identidad. Comentarios (0)



Como en todo proyecto, el camino hacia la estructuración, o re-estructuración personal,  consta de una sucesión de etapas.

La semilla, escondida en los intrincados escondrijos de nuestra psique, a su tiempo va ampliando sus fronteras. Poco a poco. Alimentada por esa sustancia, por ese jugo vital que la fortalece, la idea toma forma e identidad. Esa idea es única, es nuestra. Y aunque las influencias de la cultura aporten, muchas veces de esa idea nos sentimos absolutamente propietarios. Tanto como nuestro propio ser, que se parece al ser ajeno, pero que a su vez es tan distinto. Dicen que no hay un alma igual a la otra. Y es cierto. 

Así es como un día la idea saca una mano y se expresa con ella en la segunda dimensión, dibuja, escribe, nos cuenta. Y aunque creamos que ni siquiera dimos comienzo, ya estamos en ruta hace tiempo...

Otro día, el mundo bidimensional donde habita nuestro proyecto, se atreve a más. Que mejor ejemplo que el arquitecto. Ha ideado, ha ilustrado, y ahora...quiere construir.

Ese proceso se lleva a cabo en infinidad de campos, siendo uno de los más relevantes tal vez, el que nos conduce al Yo. Porque saber del Yo es como tener la llave correcta.  Luego viene el resto, luego viene la vida, ese conjunto de situaciones donde se replicará el modelo. 

En la adolescencia suele dar uno con su propio Yo, aunque no siempre es así. Lo que siempre es, es que se trata de batallas. Libramos batallas para que esa idea tenga permiso de hacerse carne en la tercera dimensión. 

El enemigo? Variopinto. Padres, amigos, familiares, maestros, vecinos, la visión de cualquiera e incluso nuestra propia visión que nos boicotea. 

El mundo está lleno de globos pinchados. Quien más quien menos ha sufrido el destino de los "castrati".

El que esté libre de una cercenada "que arroje la primera piedra"...parafraseando al noble Jesus que, haciendo gala de un tangible sentido común, le hizo ver a unos cuántos estrechos, que bajo el sol, peso más peso menos, todos tenemos alguna cuentita "en rojo". 

Pero el blanqueo de capitales hay que hacerlo, sino, quedaremos condenados al destino de los cobardes que, como la zorra, al percibir lo inalcanzable, se dio la media vuelta y conjeturó que las uvas estaban agrias.

La cuestión es que cuando finalmente tomamos aire y nos damos el chapuzón, a veces no caemos bien y damos de pecho contra la fría realidad. Pero ya estamos en la pileta, así que ahora...hay que nadar.

Los rockeros en sus eufóricos espectáculos suelen deleitarnos con eso de nadar entre el público, arrojan su ser a la marejada de fans que ansían manosear "ninque sea" un poco al ídolo, y palpar que es de carne y huesos. 

Thomas Gabel era rockero, de esos que le ponen garra. Esa clase de tipo con carácter, un punk, un punk americano, uno del nuevo siglo. Enérgico. Visiblemente masculino. Un pibe de jeans y remerita negra, tatuado, fachero, un rubiecito de pelo corto, un "blue eyes". En una palabra: Un winner. 

Se casó con Heather, una mina linda, una artista, en 2009 tuvieron a Evelyn, una nena preciosa, y mientras tanto seguía rompiendo escenarios con su banda llamada Against Me. 

Y hasta aquí podríamos decir colorín colorado este cuento ha terminado. 

Pero no. 

Tomasito, sin emitir palabra, sufría de algo que ni él sabía el nombre...hasta que lo supo: disforia de género. No se lo había dicho a nadie. No podía. O no sabía. O quién sabe! 

Pero la cuestión es que en su transitar un día se topó con su Yo. Ese del que hablábamos al principio. Y decidió trocar disforia por su antónimo, euforia. Dicho en criollo, tristeza, por alegría. Negación por aceptación. 

Hubiera sido interesante participar de aquel ensayo con su banda al cual jamás llegó. 

Y no llego porque en su lugar asistió Laura. 

Así es, parece que esa mañana, o esa tarde, o esa noche, Tomy se despidió para no volver; y le pasó la posta a otra persona. Otra que lo conocía bien. Otra que le saco lustre a sus ojos, esos ojos que en conjunto con esa sonrisa, tornan tan agradable el rostro de Laura Jane Grace. 


Dafne Muschnik